Es el mantra que escuchamos en cada junta directiva, pitch de agencia o reporte trimestral: “tenemos que hacer más con menos”. Más campañas, más resultados, más innovación… pero con menos presupuesto, menos personal y, cómo no, menos tiempo. Suena inspirador, incluso heroico. Pero, si miramos de cerca, ¿no estaremos cayendo en la trampa de simplemente hacer menos, y además, peor?
La eficiencia mal entendida: cuando el KPI es sobrevivir
Durante años, la industria del marketing vendió la idea de la eficiencia como si fuera una medalla de honor. Herramientas, procesos, dashboards automatizados, plantillas para todo… Todo sea por ser “proactivos”. Pero esa carrera por la “eficiencia” nos ha llevado a una zona de confort tóxica donde confundimos movimiento con avance.
Hoy, equipos reducidos ejecutan planes sin alma, se reciclan piezas creativas hasta la náusea y se multiplican las campañas insípidas que nadie recordará. “Ser proactivos” se traduce en llenar el calendario de acciones sin preguntarnos si realmente aportan valor. ¿Cuándo fue la última vez que alguien se atrevió a decir “esto no vale la pena hacerlo”? Spoiler: casi nunca, porque el miedo a parecer improductivos es más fuerte que la autocrítica.
La obsesión con la multitarea: el espejismo del “marketer pulpo”
En la práctica, “hacer más con menos” se convierte en marketers que son redactores, analistas, community managers, planners y hasta diseñadores improvisados. El resultado: burnout creativo y un despliegue de acciones superficiales, donde lo importante se diluye en lo urgente.
El C-level aplaude la aparente hiperactividad. Pero, ¿cuál es el impacto real? ¿Cuántas de esas tareas son “checkboxes” para los reportes y cuántas transforman realmente la percepción del cliente o el negocio?
KPI de vanidad vs. valor real
En este contexto, los KPIs de vanidad florecen: número de posts, emails enviados, campañas lanzadas. ¿Y el valor? Se queda fuera del radar. Los equipos no tienen tiempo para pensar, cuestionar, experimentar o innovar. Solo ejecutar.
La pregunta incómoda: ¿quién se atreve a decirle al CEO que “hacer más” sin sentido es igual que hacer menos, solo que disfrazado de eficiencia?
El daño invisible: menos reflexión, menos marca, menos futuro
Esta inercia tiene un costo oculto: menos pensamiento estratégico, menos construcción de marca, menos diferenciación. El marketing, reducido a una fábrica de microtareas, pierde el propósito. Deja de ser un motor de transformación para convertirse en un engranaje más de la maquinaria operativa.
Lo peor: nos estamos acostumbrando a este ritmo mediocre, donde la verdadera creatividad y el pensamiento crítico se ven como lujos innecesarios.
¿Y si el verdadero reto fuera “hacer menos, pero mejor”?
Tal vez va siendo hora de romper el ciclo. No se trata de volvernos ineficientes, sino de priorizar. De tener el coraje de decir no a lo que no suma y poner foco en lo que de verdad mueve la aguja.
De dejar de celebrar el “hice 20 campañas este mes” y empezar a preguntar “¿cuál de ellas realmente cambió algo?”. Porque, al final, el impacto no se mide en cantidad, sino en significado.
Si tienes a tu cargo personas, la próxima vez que pidas “más con menos”, pregúntate:
- ¿Estoy promoviendo la excelencia o la mediocridad multitarea?
- ¿Invierto en procesos y personas que puedan pensar, o solo en ejecutar en automático?
- ¿Mi equipo tiene permiso para decir “no” a lo irrelevante?
La eficiencia no es un KPI; es una filosofía que solo funciona si sabemos elegir. Porque si seguimos confundiendo “hacer más con menos” con “hacer menos de lo importante”, el marketing dejará de ser esencial… y nadie se dará cuenta hasta que sea demasiado tarde.
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