La costumbre es el anestésico más barato que existe. No te duerme de golpe; te va bajando el volumen de la curiosidad hasta que un día te descubres defendiendo rutinas como si fueran principios. Y eso es exactamente lo que me dejó pensando el nuevo video donde el oso reflexiona —con Pepsi y Coca-Cola orbitando como símbolos de algo más grande: nuestra obediencia diaria disfrazada de “preferencia”.
Porque seamos honestos: la mayoría no “elige” Coca-Cola. La repite. La hereda. La consume como quien se pone el cinturón: por reflejo. Y ahí está el truco. Cuando algo se vuelve costumbre, deja de pasar por el filtro de la duda. No hay comparación real, no hay evaluación, no hay “¿y si…?”. Hay piloto automático. Y en el consumo, el piloto automático es el negocio perfecto: no exige conversación, no necesita convencerte cada vez. Solo necesita que no te cuestiones.
Coca-Cola se convirtió en ese tipo de marca que ya ni compite, administra una religión de baja intensidad. No te vende una bebida: te vende la idea de que lo normal es eso. La lata roja no es un producto; es un “así se ha hecho siempre”. Y lo más ácido es que esa normalidad se sostiene con una ilusión colectiva: “me gusta”. Claro que te gusta. También te gusta no pensar.
En ese contexto, Pepsi aparece como el incómodo de la fiesta; no porque sea moralmente superior o porque mágicamente “despierte” a nadie, sino porque pone en evidencia lo obvio, siempre tendrás alternativas. Y cuando una alternativa existe, el problema ya no es el sabor. El problema es tu pereza mental. El video del oso —con esa pausa que parece casi humana— te lo escupe en la cara sin gritar; la rutina te hace dócil. Te hace consumidor por inercia. Te hace repetir lo que conoces, aunque ni siquiera recuerdes por qué.
Y aquí viene la parte que más molesta; no es solo sobre gaseosas. Es sobre cómo nos entrenamos para no explorar. Si no cuestionas algo tan cotidiano como lo que tomas, ¿qué te hace pensar que estás cuestionando lo importante? Cambiar de bebida no te vuelve revolucionario, obvio. Pero sí te delata. Te muestra si todavía tienes ese reflejo de mirar al costado, probar, comparar, descubrir. O si ya estás en modo “lo de siempre” porque la vida te queda más fácil así.
La costumbre no solo te quita curiosidad: te quita criterio. Te vuelve una audiencia cautiva. Y las marcas lo saben. Por eso Coca-Cola no necesita hablar de producto; habla de momentos, de familia, de “felicidad”. Porque cuando una marca logra amarrarse a tus recuerdos, tú haces el resto del trabajo: la compras para no sentirte raro, para no romper el ritual, para no salirte del guion. Es brillante… y es tristísimo.
Entonces, cuando el oso reflexiona, yo no veo un “anuncio bonito”. Veo un espejo. Veo la pregunta que siempre te haces: ¿cuántas cosas consumo, repito y defiendo solo porque me acostumbré? ¿Cuántas “Coca-Colas” tengo en mi vida; decisiones por default, opiniones prestadas, gustos heredados, caminos repetidos?
Si algo rescato de este caso Pepsi vs. Coca-Cola en esta narrativa, es que lo nuevo no siempre es mejor, pero al menos te obliga a despertar. Te empuja a salir del trance. Y hoy, en un mundo donde todo compite por tu atención, la verdadera rareza no es elegir Pepsi o Coca-Cola; la verdadera rareza es elegir conscientemente.
Porque cuando dejas de cuestionarte, ya no estás eligiendo. Estás obedeciendo. Y lo peor es que lo llamas “costumbre”, para que suene inocente.
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Interesante artículo, el icónico oso de Coca cola ha virado de manera interesante