Todo inicia pensando en qué zapatillas para correr se deben usar, luego pensamos en la playera que logre transpirar, las licras o shorts que son más provocativos para la ruta que haremos, para luego terminar buscando cilindros para agua, relojes con temporizadores más precisos, bandas para detener el celular o el dispositivo para música, en fin, las opciones crecen rápidamente, pues cuando acuerdas estás hasta el cuello de cachivaches.

Así comencé yo, primero comprando unos tenis con más tecnología, luego se me atravesó una cangurera para no andar cargando cosas en los pequeños bolsillos del short, luego pasé por esa etapa de creer que ya se es un maratonista para entonces comprar ropa ad-hoc, misma que titula mi colaboración.

 El running había experimentado un repunte en la década de los setentas, sin embargo, fue en los albores de este siglo que los corredores pasaron de parecer locos a gozar de un estatus más privilegiado.

He escuchado comentar a varios atletas que antes parecía que un ladrón corría para no ser alcanzado, ahora es muy fácil saber quién corre, pues nos hemos ataviado bajo la denominación de “macartextos”, sí, estos icónicos lápices de colores salieron de la oficina para ir directo a los parques, estadios, calles y carreteras de las ciudades.

Cuando se es principiante parece una regla general el emprender la carrera bajo el outfit completo de colores chillantes, ya conforme pasa el tiempo, se van dejando solo algunos destellos, de los cuales quiero precisar no estoy en contra, tienen una razón de ser, por ejemplo, evitar accidentes.

No todos los “marcatextos” rayan bien, o mejor dicho, no todos corren, algunos hacen un ritual muy singular, seguro estoy que es propio de nuestros días; el ritual es básico pero muy significativo.

El primer paso es vestirse de runner, luego preparar todos los “chunches” (iPod, cilindro, toalla…) luego se pone la música a todo lo que da, si son muy listos, antes bajaron una app para medir su ritmo cardíaco, luego caminan un par de vueltas, si son muy intrépidos corren media o una vuelta entera, en ese lapso toman algunas fotos y videos, siguen caminando como en son de enfriamiento, para al mismo tiempo subir el contenido a las redes sociales mientras toman agua o una bebida energética.

Por último checan la app y los avances, llegan a casa para desgajarse de sus atuendos poco sudados pero ya vistos por la comunidad, se sienten que han triunfado, entonces buscan las próximas carreras de maratón para inscribirse.

Claro está que lo anterior es un patrón que no es el único, este es el que más me da risa, aunque me duele confesar que entro y salgo de este perfil con singular alegría. Existen también los que con pocos aditamentos hacen sus rutinas diarias, sin llegar a ser obsesivos, además de los que cambian su 99% de pensamientos sexuales para sustituirlos por temas de running.

Como ha quedado expresado, los runners son un segmento con muchos nichos que van en ascenso,  además de las empresas del ramo, muchas otras marcas han sabido aprovechar el boom, por tanto organizan eventos con la temática. No está de más que siga investigado al respecto, pues además posee increíbles toques de una responsabilidad social alejada de la manipulación de la miseria y la vulnerabilidad, ya que el deporte detona en el ser humano varios de sus puntos fundamentales: la competencia, las relaciones y la identidad tribal (tribus urbanas).

Sea cual sea el nicho, lo que me agrada es que ha evolucionado la interacción entre los actores. Mire le recuerdo con más de mis historias, cuando de adolescente iba al gimnasio era imposible el convivir de manera directa y cercana con los avanzados llenos de bolas. En la actualidad, corra usted solamente al baño o lo haga en un triatlón, usted convive con todos los perfiles, pues hemos entendido que lo que nos une es la sensación de avanzar, no de ver quién avanza más, pues eso se define el día de la competición.

 

¡En sus marcas, listos, fuera!

Imagen: Flickr

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